Número 24

El 11 de marzo de 2020 sucedió algo cuya magnitud todavía escapa a cualquier descripción que se pueda dar al presente.

El anuncio de la Organización Mundial de la Salud sobre la aparición de una pandemia mundial nos ha llevado a contemplar durante las horas, días y semanas posteriores, de pronto disponibles debido al confinamiento, el rostro del monstruo que la racionalidad humana ha creado, el monstruo que también nos habita, porque con nuestros gestos cotidianos, nuestras palabras, nuestros hábitos de consumo, hacemos posible su existencia y su triunfo.

El discurso positivista del desarrollo y la desmesurada acumulación de capital impuesta por el neoliberalismo a escala mundial nos han llevado a construir un castillo de arena frente a un océano enfermo. “El Antropoceno asesino llegó a tu fiesta sin invitados”, dice un poema de Luis López que publicamos en este nuevo número.

El coronavirus no es un accidente, es la expresión de un modo de vida, de una concepción del mundo. Es el precio que paga la humanidad por creer en el dogma del crecimiento económico infinito. Pero no la pagan todos por igual, y esas decisiones las toma más bien una minoría que hace mucho dejó de entender qué es ser humano. Es también una de las consecuencias relativamente menores de la destrucción medioambiental del planeta.

¿Es necesario escribir sobre la pandemia?

Podríamos decir que no porque los libros acumulados en casa nos murmuran constantemente: “lee, relee de nuevo, ya todo ha sido escrito”. Refiriéndose a nuestras bibliotecas personales, Ramón de Elía escribe en un cuento que incluimos. “En el simple acto de abrir y revisar un libro, de tocarlo, desempolvarlo, se descubren también sin querer conexiones impensadas”.

Podríamos repetir que no porque en el mundo de la escritura ha surgido una oleada de convocatorias llamando a enviar textos a propósito del nuevo virus. La editorial Penguin Random House Canada ya publicó en junio una antología, “Together in a Sudden Strangeness, America’s Poets Respond to the Pandemic”. Si a esto sumamos la cantidad infinita de textos en revistas y otras publicaciones electrónicas sobre la pandemia, disponibles en internet en las lenguas dominantes en las Américas, podemos decir que tenemos lecturas disponibles para un buen rato.

Sin embargo, también podemos responder que sí, que es necesaria esta escritura sobre la pandemia. Porque, ¿cómo saber cuál es -o cuál fue- la mirada, el imaginario de ese minúsculo contingente de autoras y autores que escriben en español en Canadá? ¿Cómo reaccionaron, qué imaginaron cuando llegó el Covid-19 a sus vidas? ¿Existen textos sobre tal momento en la historia menor de una lengua menor?

“En esos días de cuarentena… vivimos los sueños sin clara frontera entre lo onírico y la vigilia”, escribe Dona Wiseman, ilustrando la desaparición de un mundo de certidumbres. Quizá el 11 de marzo de 2020 es nuestro 12 de octubre de 1492.

Aparte de esta noción implícita de documentar desde la alteridad estos días de pandemia, de buscar sumarse a un imaginario colectivo a la vez aterrado, doliente y esperanzado, hay una razón aún más potente para escribir sobre este mal: escribir es una forma de vencer el aislamiento, de acercarse al prójimo, de compartir una palabra, una visión. Escribir nos hace panaderos. Puede que nuestro pan no le guste a nadie, pero puede ocurrir lo contrario, que el lector encuentre por lo menos una línea decente en los textos que le ofrecemos, y que se sienta menos agobiado ante un virus para el cual aún no existe vacuna. Escribir es de algún modo el grado más alto de libertad y también de entrega, de solidaridad.

Este nuevo número llega con la idea de que escribir es un acto de presencia, acto necesario en una sociedad pluricultural. Cada número es un inukshuk de textos que va marcando la geografía de nuestras preocupaciones, afanes y visiones en momentos en que también los íconos del colonialismo están siendo derrumbados y van surgiendo nuevas formas de interpretar y cuestionar la historia oficial y los tóxicos discursos nacionales e identitarios.

Queda por ver qué efecto tendrá la pandemia en cada una de las voces que participan en la revista. Quizá sin darnos cuenta hemos llegado al fin del camino. O quizá se abren nuevos horizontes, nuevas posibilidades en un momento en que la diversidad de voces y perspectivas se hace más necesaria que nunca porque hay que imaginar el mundo que queremos, la literatura que queremos compartir.

Alejandro Saravia

Montreal, agosto de 2020

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