Número 22

El año pasado, en la edición del 30 de abril de la revista The New Yorker, la escritora Megan Amran escribió una columna llamada “Captain’s Log” que exponía una bitácora de un visitante que venía de afuera de nuestro planeta. De forma general, la columna resumía el asombro de un capitán cuya nave espacial había llegado a “un planeta innombrado justo después de nuestro sistema solar”. Para el capitán no era asombroso llegar allí y encontrar vida, pues en su planeta, los científicos, a través de cálculos matemáticos y observaciones telescópicas, ya habían determinado que este planeta, el XJ9358, podría tener vida. El capitán describía lo que más lo sorprendía de este nuevo lugar: que estaba plagado de desastres naturales, que sus habitantes estaban extremadamente atrasados porque utilizaban combustibles fósiles y energía nuclear, y que desperdiciaban toda su energía solar además de disipar en el aire un gas tan precioso como el metano. También le sorprendía que tuvieran diferentes lenguas y alfabetos, pero lo que más lo sorprendió era que la gente le rezara en pequeños templos, que podían encontrarse en todas las esquinas, a una figura de una mujer con cuerpo de pez, y en dichos templos tomaban una bebida oscura que parecía darles nuevas fuerzas mañaneras. Su diosa se llamaba, según el capitán, Starbucks Coffe.

El planteamiento de esta columnista no es nuevo ya que, por ejemplo, Eduardo Mendoza había escrito hace casi treinta años, en forma de folletín en el diario El País, Sin noticias de Gurb, una historia con las mismas características propuestas en la columna de Amran. Lo que interesa en este punto no es pensar en por qué medios tan masivos como The New Yorker o como El País le prestan atención a este tipo de narrativas sino, cómo dichas narrativas de ciencia ficción se vuelven cotidianas y están al alcance de la mano.

Por otra parte, muchos de los planteamientos en los textos que antes fundaron el género como los de Verne, Wells, Orwell, Bradbury, Efremov, Beljaev, entre otros, parecen hoy ingenuos. Decir esto no es desmeritarlos ya que hay que entender que la imaginación y el genio literarios les permitieron adelantarse al planteamiento de proyectos tecnológicos y preconizar con agudeza aterradora los conflictos y las transformaciones de la sociedad, algo que podemos observar al ver las noticias en Internet y que al mismo tiempo les da toda la razón; pero hablar de ciencia ficción hoy, en términos de una “posibilidad”, que dé pistas sobre cómo anticiparse a descubrimientos tecnológicos, puede no ser muy verosímil como sí el hecho de anticiparse al uso que se le da a dicha tecnología y más que nada, a los posibles escenarios sociales que puede desencadenar. Lo interesante también es ver cómo la ficción da lugar a una exégesis del mundo: cuando Oesterheld y Solano concibieron El Eternauta en la Argentina de los cincuenta, tenían claro que la invasión alienígena a la Tierra a través de una tormenta de nieve tóxica que acaba con la mayor parte de la población mundial, y la resistencia de la población de Buenos Aires, serían la metáfora de la situación política que se vivía en la época.

Es por eso que la palabra “posibilidad” se redefine en términos de la ciencia ficción. Ahora bien, el género tiene claro que todo es posible en términos tecnológicos, sin embargo, se cuestiona sobre cómo pueden ser llevados a extremos el hecho de dilucidar sociedades utópicas o distópicas con el uso abrasivo de la tecnología, gobiernos hipercontroladores, migraciones provocadas, declive ecológico, virus, Ex machinas, transhumanismo, escasez alimentaria, fertilidad controlada, guerra a distancia. Por eso la pregunta sobre si estamos viviendo hoy un mundo de ciencia ficción es completamente legítima.

Encuadrar la ciencia ficción sería, no obstante, un ejercicio completamente totalizante. Lo que nos interesa aquí, en este número en especial, es aprehender y generar una ciencia ficción local. No se trata de un trabajo exhaustivo sobre los enlaces internos de la ciencia ficción de la contemporaneidad, ni tampoco se trata de un dossier, palabra de la que no tenemos nada que decir aquí, hasta el punto de que puede parecer desagradable. Digamos simplemente que estamos haciendo el esfuerzo de abrir algunas puertas y de indicar algunas pistas más allá de las cuales todo está todavía por hacer e inventar en el campo de lo “posible”.

David Hoyos García
Montreal, febrero de 2019

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